Puro blah blah blah, puro reblog, quizás alguna excepción. En otra vida fui maestro pokémon, en la que viene seré estudiante de Hogwarts. Para mi, todos son bisexuales. Nestea de durazno, Pie de Limón: mis primeras necesidades.

(Fuente: theautumnfawn)

titanteddy:

hypnotiqradiance:

ruinedchildhood

Raven was the original Nicki Minaj.

It’s like she saw the future or something

image

AHHH! RAVEN! <3

mother-i-have-lost-my-way:

slit-my-wrists:

This picture should have more than the amount of notes it has, this shows us that not ever thing is “picture perfect” and that behind that smile and those eyes there is fear. So I beg you to please reblog this instead of a pair of shoes, someone smoking a blunt, and clothes … because this picture is literally worth 1,000 words.

(Fuente: awayfromearth)

Never let me go

(Fuente: acciomychildhood)

riddlemetom:

[Harry Potter movie mistakes 2/10]

The pot breaks differently

When the resolution I was against passes and clapping is in order

whatshouldmuncallme:

When i represented Israel in the israeli-palestinian conflict.  T.T

storypanda:

See Some Awesome Alternative Posters for ‘The Lion King’ and More

edmundanchi:

Para cuando llegues
Hay que ver las tantas cosas por las que podría echarte la culpa.
Por despertarme cuando enciendas la luz del cuarto cada vez que vayas al baño de madrugada. Por acostumbrarme a cortar la pasta cuando comamos en casa alegando que conmigo pierdes todos tus modales. Por volverme igual de impaciente que tú cuando la cajera del mercado se tarde contando los cesta-tickets que yo conté en su cara.
Es que tú serías culpable de todas mis deudas: la del alquiler para vivir cerca, las de la tarjeta de crédito cada aniversario y las que acumularía por amarte un poco más de la cuenta. ¿A quién más que a ti habría que culpar por esos kilos que perderé? Me da poca hambre cuando me enamoro.
Quisiera culparte por mi humor de oro los viernes por la noche, por hacerme gastar los últimos segundos del plan en el teléfono para que saludes a mi mamá, por dejarme creer que los cabellos en la almohada son tuyos y no míos. Cuánto miedo tengo de quedarme calvo antes de llegar a los 30.
Quiero echarte en cara que las caricias que tengo colgadas en el clóset son para ti. Que aún no me estreno los zapatos que me regaló mi abuela en Navidad esperando que me invites a bailar. Que ya besé, lloré y volví a besar a suficientes ranas. Que no hay nada que me disguste más que la impuntualidad, esa que tanto te sobra y que no entiendo hasta cuándo será lo único que de ti recibiré.
Porque sí, hay tantas cosas por las que podría culparte, pero no lo hago porque ni una de ellas las has cometido. Porque aún no sé quién eres. Porque no has pasado ni siquiera a saludar.
Me muero por hacerte reír con lo incómodo que puedo ser a veces, por contarte la verdadera razón por la que no como pescado, por decirte que todas las palabras tienen acento pero no todas llevan tilde, por mostrarte mi colección de tazas y la cicatriz que tengo en el pecho. Creo que es lo único que me detiene de quitarme la camisa cuando bebo demás.
Ahora que lo pienso, mucho se dice del que se queda, ¿pero quién se acuerda del que espera? Es que ya nadie les dice a las niñas lo lindas que son ni llaman a los tranvías deseo. Pocos se detienen a mirar al cielo y son menos los que se atreven a amar.
Hago todo lo posible para que cuando llegues, quede de mí lo suficiente como para que me quieras. Que aún logre disimular las entradas que heredé de mi papá; que mis dientes no se vuelvan a torcer tras año y medio de ortodoncia, que las caricias no agarren demasiado polvo como para que me den alergia, que aún me queden los zapatos de la abuela y algunos kilos para perder.
Esto parece más una lista de reclamos que una carta de amor. Sin embargo, si Dios puede ser pan y vino, el amor también se puede presentar como le dé la gana: como invento, como reclamo o como excusa. Y podrás culparme tú a mí de precavido, pero así como acumulamos leche y azúcar por si llega a haber escasez, ¿por qué no acumular un poco de amor también?
Además, quién sabe, quizás llegue a leerla frente a un jurado y ahí estés tú, en el público, con ansias de conocerme. Si es así, bien; si no, también. Te regañé por impuntual, pero sé que llegarás justo a tiempo.
Sea como sea que estas palabras te lleguen, sólo me queda una cosa que agregar para que no pienses lo peor de mí: en realidad, no he besado a tantas ranas ni me ha provocado quitarme la camisa en público al beber.
Esperando que llegues para ser siempre tuyo,
Edmundo.

Esta fue la carta que envié al concurso “Cartas de amor” de Montblanc, pero no fue seleccionada. Una razón más para creer que todos queremos de maneras distintas. 


Que bello eres, en serio. ¿Por qué somos amigos?

edmundanchi:

Para cuando llegues

Hay que ver las tantas cosas por las que podría echarte la culpa.

Por despertarme cuando enciendas la luz del cuarto cada vez que vayas al baño de madrugada. Por acostumbrarme a cortar la pasta cuando comamos en casa alegando que conmigo pierdes todos tus modales. Por volverme igual de impaciente que tú cuando la cajera del mercado se tarde contando los cesta-tickets que yo conté en su cara.

Es que tú serías culpable de todas mis deudas: la del alquiler para vivir cerca, las de la tarjeta de crédito cada aniversario y las que acumularía por amarte un poco más de la cuenta. ¿A quién más que a ti habría que culpar por esos kilos que perderé? Me da poca hambre cuando me enamoro.

Quisiera culparte por mi humor de oro los viernes por la noche, por hacerme gastar los últimos segundos del plan en el teléfono para que saludes a mi mamá, por dejarme creer que los cabellos en la almohada son tuyos y no míos. Cuánto miedo tengo de quedarme calvo antes de llegar a los 30.

Quiero echarte en cara que las caricias que tengo colgadas en el clóset son para ti. Que aún no me estreno los zapatos que me regaló mi abuela en Navidad esperando que me invites a bailar. Que ya besé, lloré y volví a besar a suficientes ranas. Que no hay nada que me disguste más que la impuntualidad, esa que tanto te sobra y que no entiendo hasta cuándo será lo único que de ti recibiré.

Porque sí, hay tantas cosas por las que podría culparte, pero no lo hago porque ni una de ellas las has cometido. Porque aún no sé quién eres. Porque no has pasado ni siquiera a saludar.

Me muero por hacerte reír con lo incómodo que puedo ser a veces, por contarte la verdadera razón por la que no como pescado, por decirte que todas las palabras tienen acento pero no todas llevan tilde, por mostrarte mi colección de tazas y la cicatriz que tengo en el pecho. Creo que es lo único que me detiene de quitarme la camisa cuando bebo demás.

Ahora que lo pienso, mucho se dice del que se queda, ¿pero quién se acuerda del que espera? Es que ya nadie les dice a las niñas lo lindas que son ni llaman a los tranvías deseo. Pocos se detienen a mirar al cielo y son menos los que se atreven a amar.

Hago todo lo posible para que cuando llegues, quede de mí lo suficiente como para que me quieras. Que aún logre disimular las entradas que heredé de mi papá; que mis dientes no se vuelvan a torcer tras año y medio de ortodoncia, que las caricias no agarren demasiado polvo como para que me den alergia, que aún me queden los zapatos de la abuela y algunos kilos para perder.

Esto parece más una lista de reclamos que una carta de amor. Sin embargo, si Dios puede ser pan y vino, el amor también se puede presentar como le dé la gana: como invento, como reclamo o como excusa. Y podrás culparme tú a mí de precavido, pero así como acumulamos leche y azúcar por si llega a haber escasez, ¿por qué no acumular un poco de amor también?

Además, quién sabe, quizás llegue a leerla frente a un jurado y ahí estés tú, en el público, con ansias de conocerme. Si es así, bien; si no, también. Te regañé por impuntual, pero sé que llegarás justo a tiempo.

Sea como sea que estas palabras te lleguen, sólo me queda una cosa que agregar para que no pienses lo peor de mí: en realidad, no he besado a tantas ranas ni me ha provocado quitarme la camisa en público al beber.

Esperando que llegues para ser siempre tuyo,

Edmundo.

Esta fue la carta que envié al concurso “Cartas de amor” de Montblanc, pero no fue seleccionada. Una razón más para creer que todos queremos de maneras distintas. 

Que bello eres, en serio. ¿Por qué somos amigos?